Mantén encendida la lámpara, se acerca nuestro salvador
Queridas Misioneras Eucarísticas Seglares de Nazaret:
Mantén encendida la lámpara, se acerca nuestro Salvador, así empezamos nuestra reflexión en este tiempo de Adviento. Hay una canción de Adviento que dice:
La luz del mundo vendrá a iluminar
a toda la Iglesia que implorando está.
Sí, anhelantes, con las lámparas encendidas, esperando a nuestro Salvador, empezamos a vivir este tiempo de preparación a la venida del Señor.
¿Cuáles son las lámparas que debemos mantener encendidas?
Son varias las lámparas que podíamos ir enumerando, pero vamos a fijarnos en tres: – El don de la fe.
– El don de la vocación recibida.
– Y la multitud de dones que recibimos cada día.
El don de la fe
Como sabéis el Papa Benedicto XVI en la Carta Apostólica “Porta Fidei”, para convocar el Año de la fe, nos dice: “La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma”.
Es decir la fe es don que se nos ofrece por parte de Dios a cada una de nosotras, y gracia que transforma nuestra vida. Nos sigue diciendo el Papa: “No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).
Sí, llenarse de Dios, llenarse de esa Presencia eucarística hasta rebosar de Jesucristo, de su doctrina, de su amor, de su virtud, de su vida, y mojar hasta empapar a todo el que nos toque o se acerque del agua que rebosa” (cf. Apostolados menudos, 5ª ed. , pról., p. V-VI).
Es lo mismo que nos dice el Papa en la Carta antes mencionada: “Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos”.
El don de la vocación recibida
La vocación es invitación y capacitación por parte de Dios para cada uno de los llamados. El Papa Juan Pablo II, nos decía: “Nunca debemos olvidar que la vida consagrada, antes de ser empeño del hombre, es don que viene de lo Alto, iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn15,16), “que atrae a sí una criatura suya con un amor especial para una misión especial” (VC 17). Esta mirada de predilección llega profundamente al corazón de la persona llamada, que se siente impulsada por el Espíritu Santo a seguir tras las huellas de Cristo, en una forma de particular seguimiento, mediante la asunción de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia”.
Seguir las huellas de Cristo, con una llamada particular a ser Misionera Eucarística Seglar de Nazaret, para ser <”hostia” con la Hostia de mi Comunión> (cf. Mi jaculatoria de hoy, 23), es un gran reto a conseguir en nuestra vida como miembros de la Familia Eucarística Reparadora.
La multitud de dones que recibimos cada día
Aquí cada una debemos hacer una lista de los dones recibidos cada día tanto materiales como espirituales, esto nos puede servir para hacer nuestra oración de acción de gracias.
En el Antiguo Testamento, se hace énfasis en las bendiciones materiales de Dios, con las dos únicas referencias que se encuentran en el Eclesiastés: “Que todo hombre coma y beba, y goce el bien de todo su trabajo, pues es don de Dios” (Qo 3, 13). “Todos los hombres también a quien Dios ha dado riquezas y abundancia, y le ha dado poder comer de ella, y tome su parte, y goce su trabajo; este es el regalo de Dios” (Qo 5, 19).
Otros muchos son los dones que recibimos de Dios, hacemos referencia de algunos:
- El don de Cristo mismo: “Si conocieras el don de Dios, tú le pedirías…” (Jn 4, 10).
- El don del Espíritu Santo: Y cuando vio Simón que el Espíritu Santo fue dado, les ofreció dinero… Pero Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se pueden comprar con dinero” (Hch 8, 18-20).
- El regalo de la Vida Eterna: “Porque la paga del pecado es muerte, pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 6, 23).
- El don de las capacidades personales: “Pero cada uno tiene su propio don de Dios de esta manera, y otro de otra” (I Co 7,7).
- El don de la salvación por la fe: “Porque por gracia sois salvados por medio de la fe, y esto no es de vosotros pues es don de Dios” (Ef 2, 8).
- El Regalo de amor confianza: “Avivar el don de Dios, que está en ti, por que Dios no nos ha dado espíritu de cobardía; sino de poder, de amor y de dominio propio” (II Tm 1, 6-7) .
- - El don de María Madre: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27).
Que como María nuestra vida sea un continuo “Magnificat” porque el Poderoso hace obras grandes con nosotras cada día.
Un abrazo de vuestra:
Hna. Mª Dolores Moral Cobo
Delegada general

