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Amados por Jesús Eucaristía, impulsados a la misión

A la Eucaristía somos llamados por Amor, alimentados con amor…y enviados a proclamar el Evangelio. Salimos de la Eucaristía diciendo: el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. No sólo ha estado grande al lado nuestro, sino dentro de nosotros. No se puede anunciar el Evangelio con cara triste, ni con agresividad. Evangelizar no es una opción, entre otras, que pueda o no asumir un cristiano; es un gozoso deber. “El apostolado de la buena cara” y “dorar las espaldas” es fruto del Espíritu Santo que nos conduce al encuentro con Cristo en la Eucaristía, nos da su Paz, experimentamos con Él el gozo de ser hijos del Padre y nos hace evangelizadores, poniendo en nuestros labios las palabras adecuadas.

Presento unas reflexiones sobre textos de la Palabra de Dios, que puedan ayudarnos a hacer una “lectio divina” y también sobre textos de la actualidad eclesial, como la Exhortación Apostólica “Verbum Domini”, la Convocatoria del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la Evangelización.

a) LA PALABRA NOS ILUMINA “Y ahora dice el Señor: No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo, la corriente no te anegará; cuando pases por el fuego no te quemarás, la llama no te abrasará. Porque yo, el Señor, soy tu Dios; el Santo de Israel es tu salvador… porque eres precioso para mí, de gran precio y yo te amo” (Isaías, 43). Con intuición profética nos habla Isaías de la ternura del Señor para con los bautizados. Aparecen en el texto los tres elementos de la vida consagrada: llamada (te he llamado por tu nombre), consagración (tú eres mío, estaré contigo, eres precioso para mí, te amo) y misión (pasar por el fuego…) Todo sin temor, con la audacia que da la certeza de que nos acompaña el Señor, que es nuestro Dios. Esta certeza nos capacita para la alegría, nos quita miedos (El fuego no te quemará…) No temas, que te he redimido.

“A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca…Cuando venga el Paráclito que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo” (Juan 15). (No hablamos de lo nuestro, ni para quedar bien y hacerlo bonito. Somos amigos y Él nos ha dado a conocer lo que ha oído al Padre. Él nos ha elegido y lleva la iniciativa. El Espíritu Santo es el que da testimonio en nosotros). EL MOSTRADOR Y LA MESA “Salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: “sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: “¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores a que se conviertan” (Lc 5, 27…). Mateo añade (9, 13): “Andad, aprended lo que significa. “Misericordia quiero y no sacrificios”. El mostrador: *Lugar de Leví donde cobraba impuestos. Nada malo, si no se cometían las injusticias a las que podía dar lugar el sistema romano. *Lugar de llamado primera, en nuestra situación concreta. ¿Cuántas costumbres, actitudes de mostrador llevábamos dentro en el momento de la profesión y cuántas conservamos sin haberlas convertido? *Lugar de la llamada actual en el lugar donde trabajamos, nos parapetamos, nos aislamos, cultivamos nuestra propia imagen, nos dejamos llevar de lo más cómodo o placentero… En el mostrador se espera, se atiende al que llega. Es el lugar donde nos parapetamos, nos sentimos seguros ejerciendo nuestro oficio y obteniendo nuestro beneficio. Servimos a los demás pero no salimos a su encuentro, no se crean relaciones fraternas, sino que se ejerce una tarea. La Eucaristía nos enseña a vivir la comensalidad en la mesa común y nos envía al mundo para crear relaciones, para “eucaristizar”. La mesa *Presencia de Jesús, y de las hermanas. *Convivir y compartir, con un solo corazón, teniendo los mismos sentimientos. *Comunión eucarística que alimenta la comunión eclesial. *¿Qué hay en mí de mesa compartida y cuánto de mostrador?

b) LA EUCARISTÍA, AMOR QUE ALIMENTA Y NOS DA AUDACIA PARA ATRAVESAR LAS AGUAS Y LOS FUEGOS AMENAZADORES DEL TIEMPO PRESENTE “No debemos silenciar el hecho de que el mal existe. Lo vemos en tantos lugares del mundo; pero lo vemos también, y esto nos asusta, en nuestra vida. Sí, en nuestro propio corazón existe la inclinación al mal, el egoísmo, la envidia, la agresividad. En la historia, algunos finos observadores han señalado frecuentemente que el daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres. .“Donde está Dios, allí hay futuro”. Donde Dios está presente, allí hay esperanza y allí se abren nuevas prospectivas y con frecuencia insospechadas, que van más allá del hoy y de las cosas efímeras. Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe (Benedicto XVI, en Alemania). “Lo que se afirma genéricamente de la relación entre Palabra y sacramentos, se ahonda cuando nos referimos a la celebración eucarística. En el encuentro con Jesús nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”». El relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús nos permite una reflexión ulterior sobre la unión entre la escucha de la Palabra y el partir el pan (cf. Lc 24, 13-35). Jesús salió a su encuentro el día siguiente al sábado, escuchó las manifestaciones de su esperanza decepcionada y, haciéndose su compañero de camino, «les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (24, 27). Junto con este caminante que se muestra tan inesperadamente familiar a sus vidas, los dos discípulos comienzan a mirar de un modo nuevo las Escrituras. Lo que había ocurrido en aquellos días ya no aparece como un fracaso, sino como cumplimiento y nuevo comienzo. Sin embargo, tampoco estas palabras les parecen aún suficientes a los dos discípulos. El Evangelio de Lucas nos dice que sólo cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (24,31), mientras que antes «sus ojos no eran capaces de reconocerlo» (24,16). La presencia de Jesús, primero con las palabras y después con el gesto de partir el pan, hizo posible que los discípulos lo reconocieran, y que pudieran revivir de un modo nuevo lo que antes habían experimentado con él: « ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (24,32). Estos relatos muestran cómo la Escritura misma ayuda a percibir su unión indisoluble con la Eucaristía. «Conviene, por tanto, tener siempre en cuenta que la Palabra de Dios leída y anunciada por la Iglesia en la liturgia conduce, por decirlo así, al sacrificio de la alianza y al banquete de la gracia, es decir, a la Eucaristía, como a su fin propio». [193] Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico.

La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico. En efecto, sin el reconocimiento de la presencia real del Señor en la Eucaristía, la comprensión de la Escritura queda incompleta (De la Exhortación Ap. Verbum Domini, 55 y 56). *Encuentro, Alimento, Presencia, Sacrificio y Entrega. Cuando pensamos que estamos haciendo “compañía” puede que olvidemos que quien realmente nos acompaña es él.

c) UN VERDADERO ENCUENTRO MISIONERO Corremos el peligro de tener un amor frío, que no desciende desde la mente hasta el corazón. Un sol invernal que ilumina pero que no calienta. El Espíritu Santo ha de darnos el calor necesario para vivir la presencia, la compañía como encuentro que recrea y enamora. Este encuentro nos impulsa a correr, a evangelizar, a eucaristizar. Sólo el amor verdadero nos hace audaces. “El Papa Pablo VI, lanzando nuevamente la prioridad de la evangelización, recordaba a todos los fieles: «No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza – lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio –, o por ideas falsas omitimos anunciarlo?». La Palabra de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) es emblemática sobre la posibilidad de un anuncio frustrado de Cristo, en cuanto incapaz de transmitir vida. Los dos de Emaús anuncian un muerto (cf. Lc 24, 21-24), comentan la propia frustración y la pérdida de esperanza. Ellos hablan de la posibilidad de un anuncio que no da vida, pero que tiene encerrados en la muerte: a) al Cristo anunciado, b) a los anunciadores, c) y a los destinatarios del anuncio.” (Lineamenta del Sínodo de los Obispos sobre la Evangelización”.

Don Ginés Ampudia

 

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